Es curioso, pero donde menos esquinas hay dobladas es en esa época. Quizá es porque en la inocencia de mi juventud todas las decisiones estaban bien tomadas y nada ni nadie podía convencerme de lo contrario, pero pasando unas pocas paginas adelante la cosa cambia. Hubo una época de mi vida en la que la mayorías de las esquinas dobladas estaban provocadas por algo que se llama amor... amor, tan cálido y suave, tan seguro pero a la vez tan frágil colgando de una fina tela de araña que se resquebraja con tan solo mirarla...
Siempre he sido una persona normal, con mis virtudes y con mis defectos, una persona sociable al fin y al cabo, que se enamoraba con, dijamoslo así, cierta facilidad. Vivía en el centro de la ciudad, en su parte antigua, y en verano aquellas estrechas callejuelas revivían al paso de turistas y de todos los que trabajaban por allí... aaahh! que bien me sentía cada mañana al despertar y sentir ese murmullo que me daba la vida.
Para ir a trabajar tenia que recorrer la calle San Miguel, que es peatonal y esta llena de comercios, hasta llegar a la plaza Mayor, donde estaba la tienda en la que trabajaba. Todos en esa calle nos conocíamos y la mayoría de veces tardaba demasiado en llegar hasta el curro, ya sabéis, la gente es muy amigable en mi ciudad y además, si te conocen ya no puedes poner excusa para que te cuenten su vida. A mi me gustaba, siempre he sabido escuchar a las personas, y esas personas, al final agradecían tener a alguien que les escuchara. Así fue como un buen día la vi a ella. Era temporada alta, y la habían contratado para trabajar los meses de verano, que era cuando toda la avalancha de turistas en bermudas, sandalias y calcetines, salían desbocados a comprar cualquier recuerdo para llevárselo a casa y ponerlo encima del televisor.
Desde el primer momento que la vi no me la pude quitar de la cabeza. Nunca me había pasado algo así. Aunque me enamorara con facilidad, lo que me hacia sentir me desconcertaba, siendo además como era ella. Era gótica. Su piel era del color de un cadáver, mas blanca que el blanco que puede dejar cualquier mancha de lejía en una blusa negra, pero lo que le daba vida a su rostro eran sus dos ojos grandes y azules maquillados con una gran sombra negra que le daban mas color, si es que eso era posible. Siempre vestía de negro, a veces con faldas larga de tubo y camiseta o a veces con vestidos de tirantes y unas mallas que había reciclado y ahora las usaba como guantes. Su nombre era Sandra.
Yo por aquella época "fumaba"... bueno, para que mentir, ahora mismo mientras os cuento esto me estoy fumando un porrazo de una hierba buenisima que me ha pasado mi vecino, pero no quiero desviarme del tema, y además, esa es otra historia. Como decía, en esa época fumaba, y un día después de cerrar me dirigía a mi casa cuando girando una esquina detrás de la tienda donde ella trabajaba, la vi de cuclillas, acurrucada en el portal de un callejón estrecho. Yo conocía a sus compañeras, y a ella la había saludado con algún "hola" o "adiós" furtivos, pero me di cuenta de que esa era la oportunidad perfecta. Se estaba liando una ele, y no se inmuto en absoluto ni se cohibió cuando me vio, y eso... me encanto...
Después de eso, el temor dejo de existir e incluso un día, la invite a mi casa. Ella acepto, teníamos una bonita amistad, así que ¿por que no? cada día junto a ella creaba en mi una confusión que... me desconcertaba. Lo único que quería es que se quedara. Que se quedara hasta que ya no fuera divertido, hasta que conociera cada centímetro de su piel. Quería besar sus labios, mordisquear sus pezones y mover sus caderas al ritmo frenético que marcase mi lengua en su clítoris y al final... se quedo.
Los meses pasaban, y mi vida era simple y llanamente feliz. Mis días felices estaban llenos de noches felices y el cielo bajaba al nivel del suelo en cada viaje sideral regado con el humo de un buen "cigarro", pero como todo tiene principio, también hay un final. Quizás dejo de ser divertido o que se yo. Ella volvió con su ex, y así me quede yo, como al principio.
No sintáis pena por mi. Ahora mi vida es totalmente diferente. Sigo siendo feliz, inmensamente feliz. Tengo dos hijos, Ariadna y Oscar que me han inundado de vida y una pareja que... me ama. No se como hubiera sido mi vida con ella, o que habría ocurrido después, y nunca lo sabré. Una vez leí que "de nada sirve llorar sobre leche derramada" y creedme, es totalmente cierto, aunque a veces me pregunto ¿que podría haber sido? Ya apenas hay esquinas dobladas en mi libro, aunque sí hay muchas paginas en blanco por rellenar, y eso es muy emocionante. Por cierto, no me he presentado, mi nombre es Carmen. Encantada de conoceros!