Estaba satisfecho con su vida. No cambiaría nada de lo que había hecho hasta ese momento, y siempre decía que, si pudiera volver a vivirla otra vez, la viviría exactamente igual, no cambiaría nada, viviría los mismos errores y las mismas amargas decepciones, pero también todos los momentos felices que tenia grabados a fuego en su memoria.
El doctor le coloco un catéter en el brazo izquierdo. Todo estaba preparado y a John siempre le había llamado poderosamente la atención eso que todo el mundo decía, que toda tu vida pasa por delante de tus ojos antes de morir. El creía que si eso era cierto y la persona era consciente de ese preciso momento, podía controlar los recuerdos de su vida a su antojo y voluntad.
Durante las ultimas semanas, no dejaba de repasar su vida. Desde que tenia uso de razón hasta que se graduó, cuando conoció Caroline o cuando su hermano se rompió el brazo mientras jugaban. Recordó ver a sus padres bailando bajo la luz de la luna, cuando todavía era feliz. Repasando todos esos recuerdos se dio cuenta de que el común denominador de todos aquellos recuerdos era el lugar donde ocurrieron... Orange Beach, Alabama. El doctor le puso la primera inyección.
Era la primavera del año 1967 y tenia 11 años. Los padres de John tenían una pequeña casa en la playa de Orange, en uno de los salientes del lado este, lo que la dejaba situada en un punto apartado y tranquilo del resto de la playa. La playa se llamaba así debido al color anaranjado de la arena. Cuando solo era un crío y vio la playa por primera vez, recuerda como se quedo estupefacto por ese extraño color para una arena fina como esa. Su padre, rodeandolo con sus brazos mientras le daba un puñado de esa arena, le contó que era naranja porque el Sol brillaba sobre ella todo el año, con tanta fuerza, que le había impregnado su color.
A pesar del tiempo recordaba cada detalle de esa casa. Recordaba el color blanco de la cal sobre la madera que reflejaba los rayos de Sol, y el tejado de color azul salvaje que hacia que los que veían la casa de lejos creyeran que un trozo de cielo se había descolgado y descansaba flotando sobre la arena naranja. El porche de la casa tenia una barandilla de madera que lo rodeaba, y para llegar a la playa, había que bajar tres largos escalones. Mientras permanecía tumbado en la camilla, parecía que todavía podía oír el crujir de los escalones y oler la sal de la brisa que invadía la casa, mientras sus padres desayunaban en el porche frente al mar y sus hermanos mayores ya estaban jugando en el agua. El doctor le puso la segunda inyección, y así llego a Agosto del 72.
Eran las fiestas del condado de Orange y allí volvió a ver a Caroline. Su piel morena por el Sol e impregnada por la sal del agua hacían que su sabor se convirtiera desde entonces en algo inconfundible. Esa noche, John le prometió que ella seria la primera persona y la ultima a la que amaría, que aunque no estuvieran juntos el susurraria su nombre para que ella encontrara de nuevo el camino a casa. No sabia si ese era un recuerdo de una vida imaginada o de su propia vida, lo que provoco que su memoria diera otro vertiginoso salto en el tiempo.
Era la madrugada de 4 de Julio del 75. La gente del pueblo lo había festejado en la playa y el olor a pólvora de los fuegos artificiales se mezclaba con el calor húmedo y la sal que flotaba en el aire. John y Caroline estaban tumbados en la orilla, con los pies bañados en el agua, mirando hacia el techo del mundo e intentando divisar a alguna errante estrella fugaz cuando una violenta explosión a sus espaldas hizo que el tejado color azul salvaje de la casa saliera volando por los aires. A la mañana siguiente la investigación policial dictamino que fue intencionado y una semana mas tarde detuvieron a los culpables. Después de un largo y doloroso juicio, los periódicos de la mañana publicaban en primera pagina que los culpables de los asesinatos del 4 de Julio habían sido puestos en libertad.
Ya no habría mas amaneceres junto al mar con el aroma salino de las mareas. La arena naranja ahora era gris, y el pedazo de cielo azul que descansaba flotando sobre la playa era ahora una gran nube negra de odio. Todos los castillos de arena fueron destruidos y ya no habría mas bailes a la luz de la luna ni mas cenas en el porche... Su padre, sus hermanos, ya no estaban. Ahora estaba solo. Caroline no regreso jamas, por mucho que el susurrara su nombre, y poco a poco, dejo de sentir el sabor de su piel caliente y dorada por los rayos del Sol. Ahora ya recordaba por que estaba allí, tumbado, esperando, sintiendo en su espalada el frió de esa camilla forrada de piel negra y con unos apoyos para poner los brazos en cruz.
Después del juicio, no tenia mas que esperar a que los asesinos salieran libres, y con el odio mas puro disfrazado de justicia los llevo hasta la playa y en el mismo lugar en el que estaba la casa... les mato. 16 años después de aquello sigue pensando que haría exactamente lo mismo, que de alguna forma u otra, el miedo ya había desaparecido, y lo único que quería era encontrarse de nuevo con su familia, volver a verlos, abrir lo ojos y ver como el Sol entraba de nuevo brillando por la ventana, bajar las escaleras y oler que su madre ya esta preparando el desayuno, como a el le gusta. Salir al porche, y ver a su padre leyendo el periódico mientras escucha los gritos de sus hermanos mientras juegan y chapotean en el agua y ver de nuevo aquella arena fina y naranja para tomarla entre sus manos, y dejar que se le escurra por los dedos. Ya estaban todos juntos de nuevo, y fue entonces cuando el doctor le puso la tercera inyección.