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miércoles, 18 de agosto de 2010

El libro

Arthur Schopenhauer dijo: "la vida y los sueños son paginas de un mismo libro, leerlo en orden es vivir, ojearlo, es soñar" . En el libro de mi vida hay miles de esquinas dobladas que señalan que en esa pagina hubo algo que pudo ser, pero que al final no fue. Que extraño... tantas veces he querido darme de bofetadas... y sin embargo, todavía cometo los mismos errores. Las paginas del libro de mi vida no están numeradas, bueno, si lo están, pero no por el numero de pagina, sino por la fecha, tantas fechas, tantas experiencias, tantas emociones a flor de piel. La primera pagina data del 25 de Mayo de 1977, que es la fecha de mi nacimiento. Dicen que nadie puede recordar nada de su mas tierna infancia, pero a mi me acosan olores e imagenes de aquella época lejana.

Es curioso, pero donde menos esquinas hay dobladas es en esa época. Quizá es porque en la inocencia de mi juventud todas las decisiones estaban bien tomadas y nada ni nadie podía convencerme de lo contrario, pero pasando unas pocas paginas adelante la cosa cambia. Hubo una época de mi vida en la que la mayorías de las esquinas dobladas estaban provocadas por algo que se llama amor... amor, tan cálido y suave, tan seguro pero a la vez tan frágil colgando de una fina tela de araña que se resquebraja con tan solo mirarla...

Siempre he sido una persona normal, con mis virtudes y con mis defectos, una persona sociable al fin y al cabo, que se enamoraba con, dijamoslo así, cierta facilidad. Vivía en el centro de la ciudad, en su parte antigua, y en verano aquellas estrechas callejuelas revivían al paso de turistas y de todos los que trabajaban por allí... aaahh! que bien me sentía cada mañana al despertar y sentir ese murmullo que me daba la vida.

Para ir a trabajar tenia que recorrer la calle San Miguel, que es peatonal y esta llena de comercios, hasta llegar a la plaza Mayor, donde estaba la tienda en la que trabajaba. Todos en esa calle nos conocíamos y la mayoría de veces tardaba demasiado en llegar hasta el curro, ya sabéis, la gente es muy amigable en mi ciudad y además, si te conocen ya no puedes poner excusa para que te cuenten su vida. A mi me gustaba, siempre he sabido escuchar a las personas, y esas personas, al final agradecían tener a alguien que les escuchara. Así fue como un buen día la vi a ella. Era temporada alta, y la habían contratado para trabajar los meses de verano, que era cuando toda la avalancha de turistas en bermudas, sandalias y calcetines, salían desbocados a comprar cualquier recuerdo para llevárselo a casa y ponerlo encima del televisor.

Desde el primer momento que la vi no me la pude quitar de la cabeza. Nunca me había pasado algo así. Aunque me enamorara con facilidad, lo que me hacia sentir me desconcertaba, siendo además como era ella. Era gótica. Su piel era del color de un cadáver, mas blanca que el blanco que puede dejar cualquier mancha de lejía en una blusa negra, pero lo que le daba vida a su rostro eran sus dos ojos grandes y azules maquillados con una gran sombra negra que le daban mas color, si es que eso era posible. Siempre vestía de negro, a veces con faldas larga de tubo y camiseta o a veces con vestidos de tirantes y unas mallas que había reciclado y ahora las usaba como guantes. Su nombre era Sandra.

Yo por aquella época "fumaba"... bueno, para que mentir, ahora mismo mientras os cuento esto me estoy fumando un porrazo de una hierba buenisima que me ha pasado mi vecino, pero no quiero desviarme del tema, y además, esa es otra historia. Como decía, en esa época fumaba, y un día después de cerrar me dirigía a mi casa cuando girando una esquina detrás de la tienda donde ella trabajaba, la vi de cuclillas, acurrucada en el portal de un callejón estrecho. Yo conocía a sus compañeras, y a ella la había saludado con algún "hola" o "adiós" furtivos, pero me di cuenta de que esa era la oportunidad perfecta. Se estaba liando una ele, y no se inmuto en absoluto ni se cohibió cuando me vio, y eso... me encanto...

Después de eso, el temor dejo de existir e incluso un día, la invite a mi casa. Ella acepto, teníamos una bonita amistad, así que ¿por que no? cada día junto a ella creaba en mi una confusión que... me desconcertaba. Lo único que quería es que se quedara. Que se quedara hasta que ya no fuera divertido, hasta que conociera cada centímetro de su piel. Quería besar sus labios, mordisquear sus pezones y mover sus caderas al ritmo frenético que marcase mi lengua en su clítoris y al final... se quedo.

Los meses pasaban, y mi vida era simple y llanamente feliz. Mis días felices estaban llenos de noches felices y el cielo bajaba al nivel del suelo en cada viaje sideral regado con el humo de un buen "cigarro", pero como todo tiene principio, también hay un final. Quizás dejo de ser divertido o que se yo. Ella volvió con su ex, y así me quede yo, como al principio.

No sintáis pena por mi. Ahora mi vida es totalmente diferente. Sigo siendo feliz, inmensamente feliz. Tengo dos hijos, Ariadna y Oscar que me han inundado de vida y una pareja que... me ama. No se como hubiera sido mi vida con ella, o que habría ocurrido después, y nunca lo sabré. Una vez leí que "de nada sirve llorar sobre leche derramada" y creedme, es totalmente cierto, aunque a veces me pregunto ¿que podría haber sido? Ya apenas hay esquinas dobladas en mi libro, aunque sí hay muchas paginas en blanco por rellenar, y eso es muy emocionante. Por cierto, no me he presentado, mi nombre es Carmen. Encantada de conoceros!


martes, 27 de julio de 2010

Truth by Mistake

La camilla era cómoda, pero no era una camilla común y corriente. Estaba forrada en piel negra, y tenia un apoyo para que el paciente se tumbara y pusiera los brazos en cruz. Cuando John se tumbo, sintió la gélida piel negra en contacto con su piel, lo que hizo que se le erizaran todos los pelos del cuerpo. Quizás era el frió, o quizás el miedo, al fin y al cabo, a nadie le gusta el dolor, pero lo que si era seguro, es que sabia que ese era el lugar donde perdería 21 gramos.

Estaba satisfecho con su vida. No cambiaría nada de lo que había hecho hasta ese momento, y siempre decía que, si pudiera volver a vivirla otra vez, la viviría exactamente igual, no cambiaría nada, viviría los mismos errores y las mismas amargas decepciones, pero también todos los momentos felices que tenia grabados a fuego en su memoria.

El doctor le coloco un catéter en el brazo izquierdo. Todo estaba preparado y a John siempre le había llamado poderosamente la atención eso que todo el mundo decía, que toda tu vida pasa por delante de tus ojos antes de morir. El creía que si eso era cierto y la persona era consciente de ese preciso momento, podía controlar los recuerdos de su vida a su antojo y voluntad.

Durante las ultimas semanas, no dejaba de repasar su vida. Desde que tenia uso de razón hasta que se graduó, cuando conoció Caroline o cuando su hermano se rompió el brazo mientras jugaban. Recordó ver a sus padres bailando bajo la luz de la luna, cuando todavía era feliz. Repasando todos esos recuerdos se dio cuenta de que el común denominador de todos aquellos recuerdos era el lugar donde ocurrieron... Orange Beach, Alabama. El doctor le puso la primera inyección.

Era la primavera del año 1967 y tenia 11 años. Los padres de John tenían una pequeña casa en la playa de Orange, en uno de los salientes del lado este, lo que la dejaba situada en un punto apartado y tranquilo del resto de la playa. La playa se llamaba así debido al color anaranjado de la arena. Cuando solo era un crío y vio la playa por primera vez, recuerda como se quedo estupefacto por ese extraño color para una arena fina como esa. Su padre, rodeandolo con sus brazos mientras le daba un puñado de esa arena, le contó que era naranja porque el Sol brillaba sobre ella todo el año, con tanta fuerza, que le había impregnado su color.

A pesar del tiempo recordaba cada detalle de esa casa. Recordaba el color blanco de la cal sobre la madera que reflejaba los rayos de Sol, y el tejado de color azul salvaje que hacia que los que veían la casa de lejos creyeran que un trozo de cielo se había descolgado y descansaba flotando sobre la arena naranja. El porche de la casa tenia una barandilla de madera que lo rodeaba, y para llegar a la playa, había que bajar tres largos escalones. Mientras permanecía tumbado en la camilla, parecía que todavía podía oír el crujir de los escalones y oler la sal de la brisa que invadía la casa, mientras sus padres desayunaban en el porche frente al mar y sus hermanos mayores ya estaban jugando en el agua. El doctor le puso la segunda inyección, y así llego a Agosto del 72.

Eran las fiestas del condado de Orange y allí volvió a ver a Caroline. Su piel morena por el Sol e impregnada por la sal del agua hacían que su sabor se convirtiera desde entonces en algo inconfundible. Esa noche, John le prometió que ella seria la primera persona y la ultima a la que amaría, que aunque no estuvieran juntos el susurraria su nombre para que ella encontrara de nuevo el camino a casa. No sabia si ese era un recuerdo de una vida imaginada o de su propia vida, lo que provoco que su memoria diera otro vertiginoso salto en el tiempo.

Era la madrugada de 4 de Julio del 75. La gente del pueblo lo había festejado en la playa y el olor a pólvora de los fuegos artificiales se mezclaba con el calor húmedo y la sal que flotaba en el aire. John y Caroline estaban tumbados en la orilla, con los pies bañados en el agua, mirando hacia el techo del mundo e intentando divisar a alguna errante estrella fugaz cuando una violenta explosión a sus espaldas hizo que el tejado color azul salvaje de la casa saliera volando por los aires. A la mañana siguiente la investigación policial dictamino que fue intencionado y una semana mas tarde detuvieron a los culpables. Después de un largo y doloroso juicio, los periódicos de la mañana publicaban en primera pagina que los culpables de los asesinatos del 4 de Julio habían sido puestos en libertad.

Ya no habría mas amaneceres junto al mar con el aroma salino de las mareas. La arena naranja ahora era gris, y el pedazo de cielo azul que descansaba flotando sobre la playa era ahora una gran nube negra de odio. Todos los castillos de arena fueron destruidos y ya no habría mas bailes a la luz de la luna ni mas cenas en el porche... Su padre, sus hermanos, ya no estaban. Ahora estaba solo. Caroline no regreso jamas, por mucho que el susurrara su nombre, y poco a poco, dejo de sentir el sabor de su piel caliente y dorada por los rayos del Sol. Ahora ya recordaba por que estaba allí, tumbado, esperando, sintiendo en su espalada el frió de esa camilla forrada de piel negra y con unos apoyos para poner los brazos en cruz.

Después del juicio, no tenia mas que esperar a que los asesinos salieran libres, y con el odio mas puro disfrazado de justicia los llevo hasta la playa y en el mismo lugar en el que estaba la casa... les mato. 16 años después de aquello sigue pensando que haría exactamente lo mismo, que de alguna forma u otra, el miedo ya había desaparecido, y lo único que quería era encontrarse de nuevo con su familia, volver a verlos, abrir lo ojos y ver como el Sol entraba de nuevo brillando por la ventana, bajar las escaleras y oler que su madre ya esta preparando el desayuno, como a el le gusta. Salir al porche, y ver a su padre leyendo el periódico mientras escucha los gritos de sus hermanos mientras juegan y chapotean en el agua y ver de nuevo aquella arena fina y naranja para tomarla entre sus manos, y dejar que se le escurra por los dedos. Ya estaban todos juntos de nuevo, y fue entonces cuando el doctor le puso la tercera inyección.